Volverán los oscuros libros de texto de tu mochila su peso a colgar

El mercado de libros de texto es un claro ejemplo de oligopolio.

 

 

| 12 Septiembre 2014 – 12:55 h.

Cada mes de septiembre, con motivo del comienzo del curso escolar, afloran diversas polémicas relativas a los libros de texto. Las más publicitadas son las referidas a su precio y a su peso. Pocas veces se habla de la posible conveniencia de su pura y simple desaparición: de hecho hay colegios que prescinden de este material. Ni siquiera los padres y madres de la CEAPA (Confederación Española de Asociaciones de Padres de Alumnos) -de la católica CONCAPA mejor no hablar- los ponen en cuestión. A lo sumo se propone que los paguemos entre todos, vía impuestos, lo que garantizaría la gratuidad de la enseñanza en sus niveles obligatorios y, de paso, el asentamiento definitivo de un material curricular cuyo uso, como trataré de explicar, es más que discutible.

El mercado de libros de texto es un claro ejemplo de oligopolio. La Iglesia católica -en educación es imposible no tropezar con esta arcaica institución- con Bruño, Edelvives, SM y Edebé; el grupo Hachette Livre (propietario de Anaya) y PRISA (propietario de Santillana) copan este mercado. Y, apunte adicional, nuestro capitalismo castizo depende enormemente del BOE y eso explica que la sede de casi todas estas editoriales esté en Madrid. De hecho, la edición de libros de texto y de libros oficiales es lo que explica la leve mayor producción editorial de Madrid con respecto a Barcelona. Recientemente el líder de Podemos se quejaba de que no podía hablarse de democracia en una sociedad en la que unas pocas empresas monopolizan la información: lo mismo sucede con la “información” que suministramos a nuestros escolares.

Por si esto no fuera poco, además de los libros de texto, el consumidor ha de adquirir para-libros de texto (normalmente editados por la mismas editoriales de libros de texto): diccionarios de lengua castellana -y, si es el caso, de la cooficial-, de inglés, de segundo idioma extranjero; libros de lectura (a veces, versiones infantilizadas de obras literarias). Sobre los diccionarios debo decir que desde que el de la Real Academia está en la red, o desde que existen maravillas como wordreference.com, mis dos estantes de diccionarios duermen el sueño de los justos. En un mundo como el actual, ¿qué razones pueden explicar que haya que comprar diccionarios escolares?

Sobre el peso tan solo apuntaré el marcado contraste en cómo esta sociedad hace lo posible por aligerar los maletines de los altos profesionales (ahí están los Steve Jobs de turno devanándose los sesos para conseguir portátiles tan finos que puedan deslizarse debajo de una puerta) mientras que nuestros colegiales (a veces, más bien sus padres o sus abuelos) cargan con pesadas mochilas o las arrastran (haciendo que la entrada de los colegios se asemeje a una terminal de aeropuerto en horas punta). Reconozco que algunas editoriales se han apiadado de los sufridos consumidores y han dividido cada libro de texto en tres partes: una para cada trimestre.

Los libros de texto constituyen un material un tanto peculiar. Se trata de libros estacionales, rasgo que comparten con los que se entregan por fascículos. Salvo grandes esfuerzos por parte del consumidor, solo se pueden comprar desde poco antes del comienzo de curso -cada vez es más frecuente que las grandes superficies comerciales den la tabarra con su compra ya desde el mes de junio- hasta el mes de septiembre u octubre. Es más, ni siquiera las bibliotecas los clasifican si es que siquiera los recepcionan. Rara cosa esta: los libros que utilizan los menores para formarse son difícilmente accesibles para el resto de los ciudadanos (salvo, claro está, que tengan hijos en edad escolar). La cosa parece clara: quien quiera saber algo sobre, por ejemplo, el sexenio revolucionario, seguramente no consultará sobre el tema en un libro de texto.

Quizás lo más grave es que se trata de libros que tampoco interesan a la comunidad científica. Los investigadores de materias que se imparten en la educación preuniversitaria no suelen preocuparse por cuáles sean los contenidos con que se forma a los menores en sus áreas de investigación. Esto es gravísimo: significa que son libros que se salvan de ser analizados. Esto no ocurre en otras áreas. Nadie se imagina que una novela no sea objeto de algún comentario en alguno de los muchos medios de comunicación de que disponemos. Y si nos vamos a la investigación científica, uno de los criterios fundamentales para que un libro sea valorado en las peticiones de tramos de investigación del profesorado universitario es que sea objeto de recensiones por otros miembros de su comunidad científica. Con más frecuencia de la deseada, también en la universidad algunos libros se utilizan al modo de los libros de texto. La diferencia es que, en este caso, no son libros estacionales y lo habitual es que se puedan adquirir en librerías y estén disponibles en las bibliotecas. Recuerdo el caso de un libro que publicó un profesor sobre estructura social el cual cayó en manos de otro profesional de la materia, quien dedicó una ponderada y dura crítica a esta obra en la principal revista científica de su área. De este modo, toda la comunidad científica tiene la posibilidad de saber que la calidad de tal libro es, como poco, dudosa.

Esta ausencia de mirada crítica permite que pasen incongruencias como las de este libro de texto de cuarto de la ESO (J. A. Martínez, F. Muñoz y M.A. Carrión, Lengua Castellana y Literatura, Madrid, Akal, 2008). En un momento dado, los autores se ven en la tesitura de decir algo sobre los principales poetas de la generación del 27. Esto es lo que escriben sobre Gerardo Diego.

Gerardo Diego (1896-1987). Su extensa obra poética se caracteriza por su variedad formal y temática. En ella conviven el vanguardismo ultraísta y creacionista, el neopopularismo, el gongorismo y los moldes clásicos. Algunos títulos son Imagen, Manual de espumas, Fábula de Equis y Zeda, Alondra de verdad, etc. (p. 268).

No solo es que la jerga sea incomprensible, sino que en ningún lado del libro se explica qué sean el vanguardismo ultraísta o el neopopularismo. Si alguien se toma la molestia de consultar la Wikipedia podrá fácilmente comprender tal jerigonza. Poco más adelante el libro ha de bregar con los innumerables literatos de hoy en día lo que le fuerza a caer en el mayor de los ridículos telegráficos.

José María Merino conjuga en sus relatos el gusto por narrar con la experimentación técnica: Novela de Andrés Choz, El caldero de oro, La orilla oscura,… (p. 333).

La pregunta que uno se puede hacer es qué sentido tiene esto. Si se tratara de preparar unas oposiciones para notaría, cabría entenderse. Pero, si lo que se pretende es crear un público lector, parece que no vamos por buen camino.

Por fortuna, a veces, especialistas como Álex Grijelmo denuncian este mundo absurdo. En una entrevista con Juan Cruz (El País, 24 de septiembre de 2006) con motivo de la presentación de su libro La gramática descomplejizada (Taurus, Madrid, 2006), indicaba que en los textos de secundaria uno puede tropezarse con estos horrores:

El complemento predicativo es un sintagma adjetivo que complementa a los verbos predicativos y concuerda en género y número con el sintagma nominal.

El complemento de régimen verbal es un sintagma preposicional que se forma mediante la preposición que exige el verbo y un sintagma nominal.

Incluso, asignaturas recientes como es el caso de la Economía cuenta con libros de texto con igual pretensión abstrusa. He aquí un ejemplo tomado de un texto de Economía de la editorial Edebé (p. 67) para primer curso de bachiller:

El equilibrio del consumidor es el punto de tangencia de la curva de indiferencia más alta posible con la línea de restricción presupuestaria, dónde el consumidor alcanza la máxima satisfacción.

Todo ello para decir que  uno compra lo que más le gusta o le interesa siempre y cuando tenga dinero.

Los libros de texto no suelen invitar a ser trascendidos. Lo que en ellos se plantea aparece como una suerte de verdad revelada, indiscutible y fáctica donde no caben más puntos de vista que los de sus autores. En estas condiciones es poco frecuente el uso de bibliografías que inciten a ir más allá, a poner en duda lo que se dice en ellos. Por mucho que pudiera pesar a las editoriales de libros de texto, libros y libres son palabras casi homónimas. Un libro que no incite a la libertad debería ser puesto en duda.

NuevaTribuna

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