El 1 de mayo no es una celebración, por David Bollero

30 abr 2014

Foto_del_día_830Mañana, 1 de mayo, es el Día Internacional del Trabajo y, para muchos, un día de celebración. Y se equivocan. El 1 de mayo no es una celebración, sino una reinvindicación, una cita a la que llevamos años faltando. El día homenajea a los Mártires de Chicago de 1886, que tras un huelga con la que luchaban por sus derechos sufrieron la masacre de la plaza de Haymarket (4 de mayo). Como consencuencia de ella, terminarían ahorcando a cuatro dirigentes anarquistas y socialistas; entre ellos, Fischer, que tras la matanza de Haymarket imprimió 25.000 octavillas en las que se podía leer frases como “¿Quién podrá dudar ya que los chacales que nos gobiernan están ávidos de sangre trabajadora? Pero los trabajadores no son un rebaño de carneros. ¡Al terror blanco respondamos con el terror rojo! Es preferible la muerte que la miseria“.

Casi 130 años después, los trabajadores sí nos hemos convertido en un rebaño de carneros. Y los chacales, siguen siendo chacales. Ayer tuve la oportunidad de charlar con Irene de la Cuerda, secretaria de Acción Social de la CGT, y ella tiene muy clara la raíz del problema:Se ha perdido la conciencia de clase obrera. Hay gente que gana 2.000 euros y dice que es clase media”, me explicaba para apuntar después que “se equivocan, son clase obrera, porque mañana pierden el trabajo y sufren exclusión. Qué razón tiene Irene.

Los terribles datos de la EPA publicados ayer volvieron a darnos una más que necesaria bofetada de realidad. Y digo necesaria porque una parte de esa clase obrera maquillada de clase media comenzaba ya a creerse los cantos de sirena del Gobierno que, apoyándose en las grandes cifras macroeconómicas, tratan de hipnotizar al pueblo con un péndulo de brotes verdes. Nada más lejos de la realidad: la miseria avanza día a día en las familias y el mayor lastre para nuestro bienestar es cada vez más pesado.

El paro ha subido, incluso, con los apaños estadísticos del INE que convertían la tasa de desempleo del 26,03% con que se cerró 2013 al 25,73% y, a pesar de ello, en el primer trimestre del año ya ha escalado al 25,93%. Y detrás de estos porcentajes, casí 200.000 empleos destruidos en los últimos tres meses y más precariedad, pues desde la entrada en vigor de la reforma laboral se han perdido más de 1,2 millones de contratos indefinidos.

Por este motivo, el 1 de mayo no hay nada que celebrar, sino de reivindicar, de luchar, de levantarse contra esos ricos que, como contaba Fischer en sus octavillas “se llenan vasos de vino costosos y beben a la salud de los bandidos del orden”. Y entre esos ricos se encuentran, incluso, los dos sindicatos mayoritarios, UGT y CCOO, ahora salpicados de pleno por la corrupción. Dos sindicatos que prácticamente se han convertido en dos empresas subvencionadas por el Estado con cuyo Gobierno negocian y se reparten la tajada de la formación para el empleo, que jamás debió de ser privatizada.

Este 1 de mayo no sólo han de salir a la calle esos 6 millones de parados, sino todo aquel que tenga y quiera recuperar esa conciencia de clase obrera tan necesaria, esos afiliados a sindicatos que se sienten traicionados por sus dirigentes, esos otros sindicatos (CGT, CNT, USO…) que sufren sistemáticamente un silencio informativo porque son los que realmente hacen ese sindicalismo incómodo para los poderosos (que, por ejemplo, renuncian a subvenciones para mantener su independencia).

Este 1 de mayo toca honrar a gente como Sacco y Vanzetti, los anarquistas a los que se electrocutó también el siglo pasado por ser, precisamente, luchadores incómodos. Deseaban ambos en una de sus últimas cartas que “nuestra muerte no ocurra en vano y que vosotros, trabajadores que hacéis posible la vida de la sociedad moderna, haréis que nuestro sacrificio sea más elocuente y útil al progreso social que lo sería nuestra vida”. Ellos no querían morir inútilmente, así que evítenlo ustedes mismos, comenzando por  dejar de morir en vida bajo la presión de la élite que nos gobierna autoritariamente.

Hagan suyas las palabras de Sacco y Vanzetti: “Si hemos de morir, haced al menos que nuestro sacrificio contribuya a abrir el camino a un mundo en el que no existan más las clases dominantes, sofocando las aspiraciones de la libertad”.

Público

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