Las quimeras de Obama: el fracaso del shale gas, según William Engdahl

 

Alfredo Jalife-Rahme
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Habitantes de Pungesti, Rumania, se manifiestan contra la exploración de gas shale frente a una instalación de perforación de Chevron, hace dos semanas. Foto Reuters

Charif Souki, mandamás de Cheniere Energy, destinado a convertirse en el primer exportador de Estados Unidos de gas natural a finales de 2015, comentó que la “posibilidad de que Estados Unidos rescate a Europa de su dependencia energética” con Rusia era descabellada.

Nada menos que el israelí-estadunidense John Deutch, anterior jerarca de la CIA durante la administración Clinton, pertenece ostensiblemente al consejo de administración de Cheniere Energy.

Por cierto, el polémico John Deutch es químico físico formado en el MIT y es miembro de la ominosa Comision Trilateral, así como integrante del consejo directivo de trasnacionales poderosas: Citigroup, Schlumberger, Raytheon (una de las principales vendedoras de armas del mundo) y Cummins (fabricante de motores de generación de energía).

La carrera de John Deutch se vio tristemente truncada cuando fueron exhibidos los lazos de la complicidad de la CIA con el narcotráfico, además de haber sustraído información confidencial para uso personal.

Los pugnaces y mendaces propagandistas de Estados Unidos no saben siquiera hacer aritmética elemental: el consumo diario de Europa es de entre 40 mil y 50 mil millones de pies cúbicos y lo único que podrá exportar Cheniere Energy a finales de 2015 (¡supersic!) serían 2 mil 200 millones de pies cúbicos, lo cual sólo tendría impacto en el poder de negociación de Europa con Rusia.

Al parecer, Polonia, Hungría, la República Checa y Eslovaquia han sido inducidas en el mismo error en el que no habría caído aún Alemania, al menos que estén realizando cuentas alegres con el prospecto de las futuras exportaciones del gas de Australia y hasta del México neoliberal itamita, que detenta la tercera reserva mundial del shale gas (esquisto/lutitas/grisú/pizarra), que antes deberá paliar sus abultadas y carísimas importaciones.

F. William Engdahl, geopolitólogo estadunidense-alemán especializado en energía, seguridad alimentaria y finanzas –es profesor de economía de la Universidad Rhein-Main (Alemania) y profesor visitante de economía en la Universidad de Tecnología Química de Pekín, es autor de un impresionante acervo de libros contra-intuitivos y suele manejar información privilegiada–, fustiga las mendacidades de Obama sobre su pretendida ayuda a la Unión Europea (UE) para disminuir su dependencia del gas ruso (New Eastern Outlook, 7/4/14).

El investigador alemán revela que en una reunión con los líderes de la UE en Bruselas, Obama los engañó al decir que mediante la Asociación de Comercio e Inversiones Tras­atlánticas (TTIP, por sus siglas en inglés) –negociado tras bambalinas por las principales trasnacionales–, facilitaría a Estados Unidos la exportación de gas.

Obama conminó a los líderes europeos a firmar el TTIP para así expedir las licencias de exportación del gas natural licuado(GNL).

A propósito, David Ignatius, confidente oficioso de Obama, se jacta de que tanto la polémica Asociación Transpacífica (TPP, por sus siglas en inglés), como la controvertida TTIP, son las tenazas geopolíticas/geoeconómicas para la prevalencia unipolar de Estados Unidos.

A juicio de F. William Engdahl, la “revolución del shale gas” en Estados Unidos fracasó cuando las megapetroleras como Shell y BP anunciaron el abandono del polémico fracking por no ser redituable (ver Bajo la Lupa, 13/2/13, 17/3/13 y 6/10/13).

El nuevo mandamás de Shell (primera del mundo en el índice Fortune 500), Ben van Beurden, reconoció que el desempeño financiero no había sido aceptable en 700 mil acres de tierras de shale gas en Texas, Pensilvania, Colorado y Kansas.

F. William Engdahl expone el reciente análisis de los resultados de varios años de extracción de shale gas en Estados Unidos del veterano analista en energía David Hughes, quien explaya que “la producción de shale gas ha crecido explosivamente (¡supersic!) para alcanzar casi 40 por ciento de la producción de gas natural de Estados Unidos”.

Según David Hughes, “el alto declive de las tasas de los yacimientos de shale gas requiere ingresos continuos de capital, estimados en 42 mil millones de dólares por año, para extraer más de 7 mil yacimientos, con el fin de mantener la producción”, mientras que el valor del shale gas producido en 2012 fue de 32 mil 500 millones de dólares. ¿Alguien perfora nada más para perder?

Otra crítica feroz de F. William Engdahl radica en que la oferta del gas estadunidense a la UE para sustituir al gas ruso requiere una masiva infraestructura costosa, en la forma de la construcción de terminales de GNL que puedan recibir los inmensos supertanqueros similares a las terminales portuarias de GNL en Estados Unidos.

Más allá de las variadas leyes estadunidenses sobre la exportación de energía doméstica, sucede que no existen terminales de GNL operando en Estados Unidos cuando solamente una (¡supersic!) se encuentra en construcción en Sabine Pass y pertenece a Cheniere Energy.

F. William Engdahl explica que el problema con la terminal GNL de Sabine Pass es que la mayor parte de su gas ha sido precontratado a otros compradores de Corea del Sur, India y Asia, no a la UE.

Un segundo problema es que aun si existiese una amplia capacidad portuaria instalada para satisfacer las necesidades de la UE y sustituir el abasto ruso, “ello empujaría los precios domésticos de gas natural al alza y cortaría de tajo el auge minimanufacturero alimentado por el abundante y barato shale gas”.

En última instancia, la pretendida importación de gas estadunidense sería más cara para Europa del que actualmente paga a través de los gasoductos del Nord Stream y Ucrania.

Más allá de que no existen los supertanqueros especializados de GNL para abastecer el mercado europeo, que requieren en promedio siete años para su construcción, no se puede soslayar la aprobación ambiental cuando la opinión pública europea en su mayoría es muy reticente al tóxico fracking.

Hoy la UE obtiene 30 por ciento de su gas de Rusia: desde 14 por ciento para Francia, 27 por ciento para Italia, 36 por ciento para Alemania hasta 100 por ciento de Finlandia y los países bálticos.

F. William Engdahl sentencia que la UE no tiene una alternativa realista al gas ruso cuando Alemania, su principal economía, decidió abolir las plantas nucleares en beneficio de la energía alternativa (eólica y solar), que ha resultado un soberano desastre político y económico, lo cual ha abultado los costos de su electricidad.

El geopolitólogo alemán-estadunidense concluye que la quimera de cerrar el gas ruso y voltearse al gas estadunidense es un sinsentido económico, energético y político.

Lo peor: los mendaces publicistas del México neoliberal itamita han construido otra quimera sobre la del shale gas de Estados Unidos. Un previsible desastre sobre otro desastre.

LaJornada

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