John Kerry no tiene una política, sólo tácticas, por Thierry Meyssan

por Thierry Meyssan

En el mundo globalizado, cada conflicto está vinculado a los demás. Lo que hoy sucede en Ucrania se refleja, por lo tanto, en otras regiones. Para Thierry Meyssan, las bravatas de Washington no tienen como objetivo hacerle la guerra a Moscú sino empujar a los europeos a meterse en dificultades, en beneficio de Estados Unidos. Al mismo tiempo, el abandono del proceso de Ginebra puede ser una manera de dejar de lado los intereses de Arabia Saudita y concentrarse en el arreglo de la cuestión palestina.

Red Voltaire | Damasco | 17 de marzo de 2014
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El secretario de Estado John Kerry –aquí durante su escala en Italia– no tiene una política predefinida. Toma la iniciativa sobre todos los temas pero no para lograr victorias decisivas sino tratando de buscar la manera de posicionar sus peones. Después de respaldar el golpe de Estado de la CIA en Ucrania, su actual preocupación no es el futuro de Crimea sino cómo sacar partido en el plano económico global de su derrota política local.

Tres acontecimientos han venido a modificar repentinamente la escena internacional: la crisis entre los occidentales y Rusia sobre la cuestión ucraniana, la guerra secreta que los Estados del Golfo están librando entre sí y, para terminar, la adopción por el Consejo del Pueblo de Siria [parlamento] de una ley electoral que de hecho excluye la candidatura de ciudadanos que hayan huido del país durante la guerra.

Estados Unidos tenía previsto como cuarto acontecimiento una «revolución de color» orquestada en Venezuela, pero la oposición no logró el apoyo de las capas populares de la población. Así que tendrá que guardar esa carta para tratar de utilizarla más adelante.

Washington quiere convertir su derrota en Ucrania en una victoria para su economía

La crisis ucraniana fue orquestada y desencadenada por los occidentales en forma de golpe de Estado con un telón de fondo de violencia callejera televisada. Rusia respondió muy hábilmente, siguiendo la estrategia de Sun Tzu, tomando Crimea sin disparar un tiro y dejando a sus adversarios con los problemas económicos y políticos de Ucrania. A pesar de las bravatas de Bruselas y Washington, los occidentales no se arriesgarán a una nueva jugada así que no adoptarán contra Moscú ninguna sanción económica significativa: la Unión Europea exporta un 7% de su producción (123 000 millones de euros en maquinas herramientas, automóviles, productos químicos, etc.) hacia Rusia, de donde importa un 12% de sus bienes (215 000 millones de euros, principalmente en hidrocarburos). El Reino Unido, Alemania, Italia, los Países Bajos, Polonia y Francia se verían particularmente afectados. Hoy en día la City se financia ampliamente con haberes rusos que están evaporándose, como demuestra una nota interna de Downing Street fotografiada al vuelo por la prensa británica. Transnacionales como BP, Shell, Eni, Volkswagen, Continental, Siemens, Deutsche Telecom, Reiffsen, Unicrédit –y ciertamente muchas más– simplemente se hundirían. Para Estados Unidos la situación es mejor, aunque varias transnacionales, como Exxon –la segunda empresa más importante de ese país–, tienen haberes considerables en Rusia.

En todo caso, Washington está desplegando un discurso muy vigoroso, que lo obligará a implementar algún tipo de reacción. Parece como si el golpe de Estado de Kiev hubiese sido preparado por los radicales del régimen estadounidense –Victoria Nuland, John McCain, etc.–, creando así una situación inicialmente incómoda para el presidente Obama pero ofreciéndole al mismo tiempo una oportunidad inesperada de resolver la crisis económica de Estados Unidos, en detrimento de sus aliados europeos.

Explicación: si los problemas ya existentes en Ucrania se extienden a la Unión Europea llegando a afectarla económica y políticamente, los capitales actualmente basados en el Viejo Continente acabarán huyendo hacia Wall Street. Se concretaría así la aplicación de la doctrina Wolfowitz de 1992 (impedir que la Unión Europea se convierta en un posible competidor para Estados Unidos) y la de la teoría enunciada en 2009 por Christina Romer (salvar la economía estadounidense absorbiendo los capitales europeos, como al final de la crisis de 1929). Es de esperar entonces que se produzca una congelación, al menos aparente, de las relaciones diplomáticas entre Washington y Moscú y una fuerte recesión en Europa en 2014.

En tales condiciones, es difícil imaginar cómo podría implementarse el acuerdo de paz para el Medio Oriente en general, cuando las diferentes piezas parecían estar encontrando su lugar. De entrada, el proyecto de Ginebra 3 para Siria está interrumpido sine die. El proyecto de «paz» entre israelíes y palestinos, que ya había comenzado con el regreso de Mohamed Dahlan a la escena, acaba de ser torpedeado por la Liga Árabe, que se opone –al menos momentáneamente– al reconocimiento de Israel como «Estado judío».

Los Estados del Golfo se disputan entre sí por causa de la Hermandad Musulmana

Otro elemento nuevo es la guerra secreta que se ha desatado entre los Estados del Golfo. Qatar respaldó un intento golpista de la Hermandad Musulmana en los Emiratos Árabes Unidos. Los Emiratos, Arabia Saudita y Bahréin acaban de suspender sus relaciones diplomáticas con Qatar y los sauditas organizaron y concretaron un atentado en Doha. Qatar no parece dispuesto a abandonar a la Hermandad Musulmana, cofradía que Washington esperaba llevar a la victoria mediante la organización de las «primaveras árabes» pero a la que ahora ha decidido desechar.

La política de los Estados del Golfo se ha convertido en un increíble desbarajuste en la medida en que sus reyezuelos constantemente mezclan los intereses de Estado con sus propias ambiciones personales y afinidades mundanas. Atrás han quedado las injurias y anatemas entre el Servidor de las Dos Sagradas Mezquitas y el Guía de la Revolución iraní, quienes ahora negocian una reconciliación. La riña del momento se desarrolla alrededor de la Hermandad Musulmana, considerada no como una corriente ideológica sino como una simple carta en el juego.

Siria ya no desea negociar la paz con los sauditas

El tercer elemento nuevo es la deliberación, transmitida (en vivo y en directo) por la televisión siria, del Consejo del Pueblo (parlamento) sobre la próxima ley electoral siria. Los diputados acabaron adoptando una clausula que estipula que los candidatos a la elección presidencial tienen que haber vivido durante los 10 últimos años en el país, disposición que excluye a toda persona que haya huido de Siria durante la guerra.

El enviado especial de la Liga Árabe y de la ONU, Lakhdar Brahimi, declaró de inmediato que esa opción puede poner fin al proceso negociador para la solución del conflicto. Francia presentó en el Consejo de Seguridad un proyecto de declaración tendiente a reactivar el proceso de Ginebra. Aunque ese documento no menciona la nueva ley electoral siria, es el último intento occidental de seguir considerando la guerra en Siria como una «revolución» y ver la paz como un acuerdo entre Damasco y una oposición ficticia totalmente controlada por Arabia Saudita. La ex vocera del Consejo Nacional Sirio Basma Kodmani, educada en una embajada saudita, aseguraba que «el régimen de Damasco» no lograría organizar la elección presidencial y proponía considerar ese fracaso en plena guerra como prueba de que es una dictadura. Eso abriría la puerta a un regreso de la OTAN al escenario para acabar con Bachar al-Assad, según el plan trazado desde 2003 y a pesar de todas las oportunidades perdidas de utilizar como pretextos las «masacres» de 2011 y el «ataque químico» de 2013. El hecho es que, después de haberse reconciliado con Riad organizando Ginebra 2 conforme a los deseos del reino de los Saud, Washington abandona nuevamente a los colaboradores sirios de los sauditas.

Si no hay un Ginebra 3, las opciones que quedarían a Occidente serían atacar Siria –lo cual resulta tan imposible como tomar Crimea, como ya se vio en el verano de 2013–, dejar que la situación siga agravándose durante toda una década o fingir que la «revolución» ha caído en manos de los yihadistas y admitir que la guerra en Siria se ha convertido en un problema de antiterrorismo de interés global.

Hombre de negocios antes que diplomático, John Kerry no tiene una política preestablecida sino una táctica. Como de costumbre, Washington no escogerá una solución por encima de otra sino que hará todo lo posible por favorecer el desenlace que más convenga a sus propios intereses, pero trabajando a la vez sobre las demás opciones… por si acaso.

Al no poder negociar con Rusia, lo hará con el otro aliado militar de Siria: Irán. El Departamento de Estado ha venido conversando con la República Islámica desde hace un año. Al principio lo hizo secretamente en Omán y luego oficialmente con el nuevo presidente Rohani. Pero hay problemas con los khomeinystas, quienes estiman que con los imperialistas no se negocia sino que se les combate hasta la muerte. Las contradicciones internas iraníes, se han traducido para Washington en una serie de progresos y retrocesos que no le han permitido avanzar tan rápidamente como tenía previsto.

Si bien el arreglo de la cuestión siria no es urgente para Estados Unidos, sí le resulta en cambio vital garantizar la perpetuación de la colonia judía en Palestina. Y en ese frente, Irán acaba de recordarle al Departamento de Estado la influencia que es capaz de ejercer. Siguiendo sus órdenes, la Yihad Islámica bombardeó repentinamente la frontera israelí. Teherán, excluido a última hora de Ginebra 2, se invita así a una mesa mucho más importante: la negociación regional.

En medio de este panorama, el Senado de Estados Unidos organiza en una decena de días una audiencia sobre «Siria después de Ginebra». La formulación parece sugerir que se ha renunciado a la continuación de esa «conferencia de paz». Contrariamente a lo acostumbrado cuando abordan los temas del Medio Oriente, los senadores no oirán a los expertos de los tanques pensantes israelíes de Washington sino a la responsable de ese tema en el Departamento de Estado, a su mejor estratega en materia de guerrilla y a uno de los dos principales expertos en el tema iraní.

En definitiva, la «paz» regional, si finalmente apareciera, sólo podría concretarse como se la imagina John Kerry: sacrificando al pueblo palestino y no a la colonia judía. Hassan Nasrallah ya lanzó una advertencia contra esa injusticia. Pero, ¿quién va a oponerse cuando ya los principales líderes palestinos han traicionado al pueblo que representan?

Thierry Meyssan

Fuente
Al-Watan (Siria)

VoltaireNet

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