11M, la política como basura, por Pedro Luis Angosto

Pedro Luis Angosto  

nuevatribuna.es | 11 Marzo 2014 – 12:09 h.

Como todos los días, a las seis y media suena la radio-despertador, como todos los días, baño, desayuno, ropa, olor a café, silencio. Silencio roto –como en la genial película de Montxo Armendáriz-, de pronto, por la barbarie. La voz de Iñaki Gabilondo es como una puñalada que atraviesa las entrañas y deja el cuerpo helado, cortado. Algo ha pasado en Madrid, algo muy grave, son las siete, no se sabe todavía qué, pero se intuye que aquello es algo más que un atentado, una masacre. Van llegando noticias, paralizado escuchas como se incrementa el luto, el dolor, el desgarro, una explosión, otra, otra, trenes desvencijados en los que se amontonan muertos, heridos, horrorizados procedentes Santa Eugenia, de El Pozo, sí de El Pozo del Tío Raimundo, aquel barrio de trabajadores, de pobres que tanto gustaba visitar a la policía franquista. Las sirenas suenan a través de las ondas, la muerte –parafraseando a Sabina- viaja en ambulancias blancas y la gente, de todos los barrios, acude como imantada a Atocha, Entrevías, con mantas, con alimentos, con los brazos, con la mirada, dispuesta a hacer lo que sea, como sea. Todavía no se sabe con certeza la dimensión del desastre, pero las imágenes bastan, aquello es lo más parecido a la guerra, al infierno, al final. El hierro otrora fuerte, fundido, abierto en canal, doblado, estrujado como si de plástico se hubiese tratado. Los pasajeros somnolientos, esparcidos por dentro y fuera de los vagones, los trabajadores de Renfe atónitos, los voluntarios, los que esperaban, convertidos en estatuas de sal por unos minutos, hasta que pueden reaccionar y se lanzan al rescate sin pensar ni un segundo que aquella bomba que sonó unos minutos antes pudo no ser la última. Y el dolor se esparce por a través de la radio y llega hasta el último rincón de España, al más remoto, al más ajeno, estremecimiento general, dolor compartido por casi todos, rabia, incertidumbre, desazón, incomprensión absoluta ante tanta barbarie. Luto general sentido e insoportable. Sale un tal Acebes por la radio, por la televisión, no tiene más interés que decir quién es el responsable de aquel horror, habla de ETA como principal sospechosa. Su Gobierno, presidido por un tal Aznar, nos había metido en una guerra por petróleo contra el “Imperio del mal”, personificado en Sadam Husein.

Los autores de los atentados no vienen de montañas muy lejanas –dijo el Presidente del Gobierno- aludiendo de nuevo a la organización criminal vasca. Vamos sabiendo detalles de la monstruosidad, viendo imágenes del apocalipsis, mudos, silentes, callados, conteniendo la respiración. Ibarretxe comparece ante los medios, con las lágrimas corriendo la cara, pide perdón, la información que le ha dado el Gobierno apunta –sin ningún indicio- apunta a que han sido “personas” de su país las que han cometido semejante atrocidad. Sus lágrimas se contagian a millones de personas: Son de verdad. Se acercan las elecciones, cada vez más, falta menos y se atisba con claridad la posibilidad de perder el poder político –no los otros-, la mentira sigue su andadura, pero a ella se impone ya la intoxicación como forma hedionda de hacer política, a toda costa, como sea, olvidando el dolor infinito de las víctimas y sus familiares, de todo el país, el Gobierno quiere llegar al 14 de marzo, día de las elecciones, haciendo ver a todos que ETA había sido la autora de la carnicería pensando que así cabía alguna posibilidad de ganar. Goebbels habitó entre nosotros, y su verbo se hizo carne. Por encima de la inmensa tragedia que nos destrozó, del llanto que se oía por encima de las montañas más altas, contra las mínimas normas que hacen a un ser, humano, construyeron un gigantesco edificio de infamia. Aznar, Acebes, Michavilla, Arenas, Rajoy, Oreja, Trillo… España había sufrido el mayor atentado terrorista de su historia, había sido elegida por radicales islamistas para saldar sus deudas con Occidente dentro de una guerra santa que empezó décadas atrás, quién sabe si en 1948, pero a ellos le daba igual, ellos eran lo primero, lo segundo y lo tercero, sus intereses, sus privilegios, su casta heredada de la casta africanista que tanto dolor causó durante décadas y sigue causándolo: Había sido ETA, aún cuando ya sabían que todos los indicios apuntaban a montañas bastante lejanas. Llegaron las elecciones y ganó Zapatero y su partido. Imposible. Entre todos y un director de periódico amarillo hoy cesado, urdieron la teoría de la conspiración, dejaron entrever que independientemente de las pruebas que iban saliendo, aquella sangría había respondido a una estratagema urdida entre ETA y el Partido Socialista para desbancar al Partido Popular del poder político, y cada día, uno y otro, publicaban nuevas noticias sobre la conspiración que nunca hubo para alimentar el fuego del odio irracional, para intentar darle la vuelta a una tortilla que ya estaba cuajada. Mentira tras mentira, infundio tras infundio, llegaron a hacer creer a una parte de la población que nada estaba claro. Ceremonia de la confusión sobre decenas de cadáveres. En medio de tanta mierda, una persona habla con rabia, pero con mesura, con todo el dolor de una madre, de un ser humano al que la sinrazón le ha arrebatado lo más querido: Pilar Manjón, vestida de negro, como una reina madre de la dignidad. Los años pasaron, se detuvo a los culpables, y se les juzgó impecablemente. A Pilar continuaron llamándola puta, roja, indeseable, por haber perdido un hijo, por querer saber la verdad, por no rendirse. Hoy, cuando se cumplen 10 años de aquellos trágicos días, Ignacio Gonzáles, presidente de la Comunidad de Madrid, y María Dolores de Cospedal, secretaria general del Partido Popular, siguen queriendo saber la verdad: Pilar Manjón y sus compañeros de dolor inmenso hace tiempo que la sabe. Como recompensa, uno de los protagonistas de la infamia, Ángel Acebes, ministro del Interior por aquel entonces, fue nombrado consejero de Bankia, hoy lo es de Iberdrola. Nunca la política ni los políticos de un partido, cayeron tan bajo.

 

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